Santa Rosa: Aunque los galpones están demorados, La Salada convoca a 15.000 personas


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Los precios bajos son el imán para compradores que llegan desde toda la provincia y desde San Luis. Todos los aspectos para aprovechar el día.A La Salada de Santa Rosa uno se la encuentra de sopetón en el camino, porque hasta ese momento, la ruta 7 sólo es la monotonía del campo, con algún que otro cultivo. Pero allí, en el kilómetro 920 y pico de Santa Rosa, la cosa cambia, el desierto hace una pausa en su aburrida soledad y de golpe, deja crecer unas 400 tiendas levantadas en carpas al costado de la ruta y también se ven dos enormes galpones, todavía a medio construir que dicen, serán algún día parte de la feria definitiva.Ésa es La Salada de Santa Rosa y para visitarla, tiene que ser sábado, porque si usted va en otro momento, no va a encontrar nada más que bolsas y papeles arriados por el viento entre mesones desnudos: basura que deja la feria cuando los vendedores cierran y vuelven a sus casas.

Pero hoy es sábado y aunque el reloj apenas marca las 8.30, en La Salada ya hay un mundo de gente que hormiguea entre el laberinto que forman las tiendas.

Primer asunto, habiendo espacio de sobra en 36 hectáreas que dicen tiene el terreno, en La Salada todo está demasiado apretado sin ninguna necesidad y eso, que es como una marca registrada de la feria en Buenos Aires, se ha trasladado a Mendoza: los locales, la mercadería, los vendedores y hasta los pasillos quedan estrechos y todo se amontona demasiado.

Tome nota entonces, si va a La Salada tiene que llegar predispuesto a chocarse todo el tiempo con todo el mundo: con el que viene de frente, el que va al costado cargado de bolsas, el que empuja desde atrás sin pausa y el que no se mueve porque se ha parado frente al negocio y ahí mismo ha decidido ver cómo le queda una remera barata que le ha gustado. Al principio puede ser molesto caminar por La Salada, pero uno se termina acostumbrando.

“Llegamos a las 4 de la madrugada y ya habían algunos locales atendiendo”, cuenta Gabriela Alfonso, que se vino desde Villa Mercedes con dos hermanas, para llevarse ropa al por mayor para un negocio familiar: “Antes íbamos a La Salada de Buenos Aires, pero ésta nos queda más cerca”, dice y cuenta que a esa hora, a las 9.10, ya tiene casi todo lo que ha venido a comprar. Invirtió $ 3.000 en ropa y piensa hacerle casi 10 mil de ganancias.

Segundo asunto: en La Salada hay mucha mercadería, pero si usted busca variedad tiene que arrimarse temprano; llegar al mediodía es tarde, lo mejor ya se ha vendido y ni le cuento si cae por allí en la siesta: va a ver la misma mercadería repetida por todos lados.

La Salada de Santa Rosa tiene tres largos pasillos cortados por decenas de intersecciones. Hay allí de todo y llama la atención, por ejemplo, la idea de ofertar alcohol a las 9 y media de la mañana, pero así es la cosa. Una copita de ginebra anda en los $ 10, pero si uno le escapa a las bebidas blancas, puede tomarse un fernet o un campari por 25 ó 30 pesos; también hay jugos naturales y detrás de la mujer que oferta los tragos, hay un par de licuadoras listas para preparar los batidos.

Al lado de ella, otra mujer vende bolsos escolares a $ 250 y del otro lado, un vendedor oferta calzoncillos a $ 60 la media docena; un poco más allá, alguien ha escrito “Visa débito” sobre un pedazo de cartón que colgó en su tienda. Debe ser de los pocos que entrega recibo por alguna compra.

Tercer asunto: La Salada dice tener buenos precios y el asunto es cierto nomás, un guardapolvos anda en los $ 90 y un jean para adultos no pasa de los 120; la calidad de las prendas es otra cosa, algunas parecen estar bien confeccionadas pero a otras, se le notan mucho los detalles.

Por eso, también el consejo de llegar temprano para encontrar variedad y otra cosa, no haga caso a las marcas ni se entusiasme, donde usted lea Nike, Salomon, Adidas, Wilson o Reebok debe entender que se trata del espejismo de las réplicas. La factura por una compra, ya se dijo, es un bien que escasea, pocos las piden, casi nadie las entrega voluntariamente.

-¿A cuánto tenés las zapatillas Salomon?

-Te las llevás por $ 230, tengo hasta el 44 y en seis colores -dice el muchacho, casi tapado por decenas de cajas de calzados, acomodadas como si fuese una larga partida de tetris.
A propósito, los vendedores de La Salada son, sin duda, gente entrenada en la difícil tarea de hacer media docena de cosas a la vez sin marearse ni confundirse y así puede verse a un norteño, cómo se las arregla para responder preguntas de dos clientes, entregar la mercadería de un tercero y dar vuelto a un cuarto, todo eso sin dejar de relojear la posibilidad de que alguien lo esté robando. Y es que en La Salada todo está a la mano, allí sobre los mesones y apilado en interminables columnas de ropa.

Por todo el predio cuelgan parlantes por los que sale música todo el tiempo, salvo cuando el locutor interrumpe con algún anuncio. Ahora mismo, a las 10 de la mañana y mientras el solcito comienza a apretar debajo de la lona que cubre la mitad de los locales, canta Antonio Ríos en toda la feria aquello de ‘nunca me faltes, nunca me engañes’, hasta que el locutor interrumpe y anuncia a toda voz: “A la señora María Villegas, que dice su suegra que se apure, que hace media hora que la está esperando en el auto”; después, el que retoma la música ya no es Antonio Ríos, sino Adrián y los Dados Negros; más tarde, el locutor cuenta que se perdió un pibe y avisa que los padres lo están buscando.

“Tener un puesto en La Salada te cuesta entre 320 y 400 pesos por sábado”, dice Walter, que viene todas las semanas desde Las Heras para vender muebles artesanales, pero como hoy llegó tarde se tuvo que conformar con agarrar uno de los últimos locales, los más precarios dentro de la informalidad que es la feria y que no tiene toldo ni sombra. Para ocupar un puesto en la vip de La Salada, es decir debajo del toldo e incluso en la zona con piso de madera (la mayor parte es solo ripio y tierra) hay que llegar temprano, tipo dos de la madrugada e incluso el viernes si es posible.

Cuarto asunto: hay como un prejuicio y dice que a La Salada van a comprar sólo las clases menos favorecidas, pero a juzgar por la playa de estacionamiento, la verdad es que a la feria llega gente de la más variada. La playa cuesta 10 pesitos -así dice el encargado de ubicar los autos: “pesitos”- y a esta hora, cerca de las 11 de la mañana, deben haber repartidos más de 700 vehículos, de todos los modelos y marcas. Hay muchos cero kilómetros y también hay de los otros, incluso los destartalados, como el caso de Marcelo, que llega empujando su viejo Falcon y con la novia al volante: “Ahora voy a comprar y más tarde veré por qué se paró”, dice el muchacho, despreocupado por el inconveniente.

La gente que no llega en auto lo hace en colectivo y de hecho, todos los sábados sale uno a las 7, desde Perú y Las Heras, en Capital. “El pasaje ida y vuelta cuesta $ 70, yo traigo a la gente y la espero hasta el mediodía”, cuenta Raúl, el chofer y completa: “La mayoría son dueños de negocios que vienen a buscar mercadería”.

Ya es mediodía, hay gente con hambre y para eso están los puestos de comida en el sector sur de la feria, donde un lomo cuesta $ 30, una pizza $ 20 y la hamburguesa $ 18; la gente ocupa las mesas y al calor de la lona de los techos se suma el de las cocinas, pero bueno, todo no se puede.

Después llega la siesta y con ella, los feriantes van liquidando sus últimas prendas, aparecen entonces las oportunidades del momento y donde antes había tres remeras por $ 100, ahora son cuatro. Los vendedores encaran el sprint final voceando sus mejores ofertas y subrayando que no habrá una segunda oportunidad: “Solo por hoy”, aseguran, pero no es cierto y el próximo sábado habrá revancha. Al final de la tarde habrán pasado por La Salada más de 15.000 personas.

 

Fuente. http://www.losandes.com.ar/